sábado, 22 de septiembre de 2018

Esperar

Tengo todos estos días la sensación de espera. Espera inútil, exasperante. Espera, como inacción, demora de lo que inevitablemente sucederá.
Recordé un textito de una serie de textos breves donde escribía desde la voz (un tanto dudosa) de una princesa.
Lo transcribo con las disculpas del caso por la autorreferencialidad.

Los títulos de cada fragmento, excepto el último son acepciones del diccionario de la RAE para esperar.
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Esperar

CREER QUE HA DE SUCEDER ALGO
Hay días en los que la princesa cree que algo sucederá. Es decir, espera.
Lava la ropa limpia, vuelve a poner cada cosa en su lugar, incluso aquello que ya lo ocupa, lustra lo que brilla, arregla el mate espumoso, mira y vuelve a mirar el sol para cerciorarse de sus propios ojos.
Y nada resuelve la sensación de inminencia. Lo que está por ocurrir nunca es.

TENER ESPERANZA DE CONSEGUIR LO QUE SE DESEA
A veces sucede que la invade la esperanza de conseguir lo que desea. Es decir, espera.
Que el gato surubí aparezca desvelado a media mañana o que el teléfono suene cuando no debería, son señales inequívocas de que el deseo está por materializarse.
Para no alterar lo que supone, está por venir, cuida de no pisar aquellas baldosas prohibidas de su balcón, evita encontrarse con los números que, sabe, romperían en un solo aparecer aquello que el devenir está construyendo con precisión de relojero.
Pero suele ocurrir que llegue la noche y ya se sabe, la esperanza se repliega en la oscuridad.

PERMANECER EN EL SITIO DONDE SE CREE QUE ALGUIEN ACUDIRA
Al volver la luz, el optimismo se renueva, entonces permanece en su balcón, donde tiene la certeza que alguien acudirá. Es decir, espera.
Cierra los ojos e intenta percibir esa presencia en cada motor que deja de rugir. Cuenta el sonido de los pasos abajo, intuyendo que hay un número exacto que será el que se detenga ante su puerta. Imagina entre la multitud, el rostro que porta los ojos que la buscan en su balcón.
Al anochecer, cuando los ojos ya no ven, los motores van callando y los pasos vuelven a ser el recuerdo de unos zapatos boquiabiertos, junta hebras de tafetán y comienza a hilarlas.

NO COMENZAR A ACTUAR HASTA QUE SUCEDA ALGO
También hay otros días en que siente la inmovilidad, como un presagio de lo que sucederá. Es decir, espera.
Cuenta a ritmo constante el tiempo que es capaz de permanecer sin parpadear. Trata de reducir al mínimo las pulsaciones. Soporta el escozor que le produce la mosca que se posa en su mejilla.
Se convence de la inutilidad del intento cuando la vejiga vuelve a ganarle la partida.

ESPERAR SENTADO
Entonces la embarga la necesidad de actuar.
Busca relojes. Compara horas y lugares. Trata de conseguir la sincronía exacta de agujas y números. No tolera la más mínima divergencia. Cuenta días, horas, minutos. La tarea de repasar cada instante, finalmente la deja exhausta.
Entonces escribe cien veces la palabra nunca, con las letras de las palabras demasiado tarde.
Se sienta. Es decir, espera sentada.

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