Supongamos que todo es verdad.
Que existieron todos los bolsos, los viajes, los cuadernos, los recaudadores y los recaudados, las bóvedas, los pozos, los lingotes en las paredes.
Vayamos incluso más lejos aún. Supongamos que es cierto que casi se hunde la cañonera paraguaya en la que se exilió el general por el peso de los lingotes de oro que cargaba (las fake news no nacieron con internet...)
Y qué?
Resulta que con el dream team de los últimos 52 años, que no se roban nada (con esto hay que hacer un esfuerzo mayor, pero sigamos suponiendo) tenemos más de 100% de inflación, devaluación mayor al 200% , más del doble de deuda externa, baja del poder adquisitivo de los salarios del 10% (para aquellos que aún conservan su trabajo), la pérdida en las jubilaciones es todavía mayor. Todos estos datos son valores mínimos que resultan de estadísticas oficiales y al mes de junio.
En cambio con los que se robaron todo y que además lo hicieron tan prolijo que no se sabe ni dónde escondieron la plata, estábamos tan bien que ni nos dábamos cuenta.
Sigamos suponiendo ahora en potencial: no sería hora de pensar que nos conviene elegir eso.
Si todo era mentira (comprar celulares, autos, irse de vacaciones, estudiar en las universidades) y nos hicieron decidir por lo que les conviene a ellos, no deberíamos permitirnos, aún suponiendo que todo fuera verdad, decidir por lo que nos conviene a nosotros?
Supongamos que decidir por conveniencia no es patrimonio exclusivo de ellos, que no es pecado ético, ni ideológico y en todo caso si lo fuera, ya tendremos tiempo después para arrepentirnos y zafar.
Podríamos suponer también que nos despertamos un día y nos damos cuenta de cuál es la verdad, entonces no tendremos que suponer más nada y decidiremos lo mismo, pero convencidos, que es la versión real de la revolución de la alegría.
Sin globos, sin marquetin, sin gurúes, sin frases hechas, sin esperanza boba y fundamentalmente con la alegría del otro que es la alegría de todos.
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